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Breviario

Aquí encontrarás páginas de la vida del escritor, episodios relatados por él mismo y que, uniéndolos y armando poco a poco una especie de rompecabezas, constituyen la autobigrafía de Edgar Allan García.

Mis años setenta

setenta Ninguna época me marcó más que la de los años 70: a comienzos de esta década, en la que todavía se podía sentir el aroma de los 60’s, aunque de forma indirecta y lejana, yo ya vivía en Quito, una ciudad –espero que se acuerden- pequeña, helada, lluviosa, de ritmo lento, fachadas musgosas, adoquines resbaladizos, enclaustrada por gruesas paredes invisibles, donde los niños pobres aún andaban sin zapatos por las calles, las navidades giraban en torno a pesebres y novenas, la Mariscal empezaba a percibirse como un barrio moderno aunque –hecho paradójico- lleno de castillos árabes y europeos, la ropa gris predominaba en la vestimenta, nadie se sacaba los “shuetesh” ni siquiera bajo el más terrible calor, los “paperos” eran los buses más baratos y pulguientos del mundo, y la sal quiteña –esto es el humor chispeante y oportuno- no había muerto todavía.

Yo había terminado la primaria en Quito y, un mal, día mi madre decidió regresar a Esmeraldas en busca del tiempo perdido con mi padre, mordida por unos celos tan intensos como justificados, así que me encerró en una institución que, según le habían dicho, era muy buena, pero no le dijeron buena para qué: la bendita Academia Militar Ecuador. Desde esta sórdida y proterva academia gobernada por curas maristas y un coronel retirado, vi caer sin pena ni gloria a un podrido Velasco Ibarra (que ahora resulta que “ha sabido ser” un paradigma de honradez y de amor sublime por su compañera) y subir, con ritmo de san juanito, al bonachón Bombita, precedido por un barril de petróleo, el mismo que nos iba a salvar para siempre jamás. Peor aun, el hijo de Bombita resultó ser mi compañero de Academia y un par de veces me invitó a Carondelet a comer pollo con la mano, como se estilaba en Pujilí, no faltaba más.

Internado –o más bien enterrado- en la Academia Militar Ecuador, me resultaba difícil ver lo que realmente sucedía en el país en general y en la ciudad en particular, pero algo de la fanfarria cotidiana llegaba allá lejos, en un lugar llamado El Inca donde yo agonizaba sofocado y aprendía el significado exacto de la palabra “injusticia”. Poco tiempo más tarde, Quito era otra: el primer supermercado (La Favorita) apareció, no sé si simbólicamente, a dos pasos de la iglesia de la Merced, la Amazonas se volvió el tontódromo oficial de Quito, la gente viajaba –qué barbaridad- con dólares que el Banco Central canjeaba a los viajeros a un precio especial, la gente iba y venía en busca del gran dios del dinero y una multitud de nuevos ricos se pavoneaban con indumentarias coloridas, chompas de cuero argentinas, jeanes, corbatas de flores, ahora con happy birthday, merry christmas, Noel y arbolito de navidad en la punta de la lengua.

Mi familia regresó a Quito, ¡por fin!, y yo salí de la Academia, como no podía ser de otra forma, expulsado. Mi madre compró un hotel en pleno centro de la ciudad, entre Guayaquil y Olmedo, y yo palpé el viento frío de las madrugadas sobre una enorme Harley Davison. El mundo estaba cambiando así que yo también: aunque había perdido mi virginidad a los 14, en esa época empecé a desmadrarme con quien pasaba. Qué delicia fue palpar, a los 16, que había un volcán inextinguible dentro de mí. Una noche en que volvía de Esmeraldas, fui testigo, maleta en mano, de la ciudad acordonada: la dictadura, o más bien la dictablanda, empezaba a tambalearse con el golpe fallido de Alvear. Poco tiempo más tarde, tres sicarios, entre ellos el “pin” Méndez, mataban a Abdón Calderón Muñoz por orden de un retorcido general llamado Jarrín Cahueñas y con ello empezó la agonía de la dictadura. Meses más tarde vendría el triunfo arrollador del joven populista Roldós sobre el anciano conservador Durán Ballén y todo, todo parecía empezar de nuevo con excelentes augurios que, más temprano que tarde, se derrumbarían. El país endeudado, azotado por el fenómeno del Niño, nos daría más de una terrible sorpresa.

En esa época fumé mi primer “joint” de mariguana y tuve un brote de locura momentánea en la que, de manera vívida, un demonio púrpura reía a carcajadas sobre una montaña negra. La Harley, tan gigantesca como brillante, me mantenía con una gripe crónica y mi madre descubrió que la casa del hotel que había comprado estaba en litigio por herencias y que, en definitiva, la habían estafado. Todo mi mundo parecía venirse abajo, al igual que el país. Una noche vimos sorprendidos cómo un policía mataba a un muchacho llamado Patricio Herman, estudiante del colegio Mejía, y otra fuimos golpeados por la noticia de la muerte trágica de Roldós, justo cuando su popularidad hacía agua por todos lados.

Una tarde de domingo fui a ver Fiebre de Sábado por la Noche, con Travolta convertido en un remolino humano, y alentado por un amigo de aquella época, decidí aprender a bailar la naciente Disco Music. Más temprano que tarde ya estábamos de tour por las discotecas de Quito. La Pianoteca, la Sixtina, Bocú, Juan Sebastián Bar, entre otras, nos vieron salir, de martes a sábado, entre las 4 y 5 de la mañana, agotados pero felices luego de bailar como locos toda la noche al ritmo de Gloria Gaynor, los Bee Gees y otros dioses y diosas de la época. Parafraseando a Silvio Rodríguez, podría decir que mientras el mundo se derrumbaba afuera, yo bailaba y bailaba sin parar. Por primera vez en mi vida, mi cuerpo era una fiesta interminable en la que cabía no solo la música sino también las peleas callejeras, el sexo indiscriminado sin el peligro del sida y el alcohol bendito que, pese a lo que digan, no cura los pesares pero alegra el corazón hasta la locura.

Aún no decidía ser escritor, ni estudiar sociología, ni meterme a marxista, ni militar –palabra tan terrible- en partido alguno. Pero ya empezaba a ser el que ahora soy, un bosquejo a mano alzada, un proyecto incierto que aun es incierto y, por suerte, no deja de hacerse cada minuto.

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